Reflexiones: más allá de las postales
Fue Enrique IV quien pronunció la conocida frase: “París bien vale una misa”. Tal vez. Pero para alguien que recorre el mundo con una cámara en la mano como yo, diría más bien: ¡París bien vale mil fotos!
No importa cuántas veces haya visitado la capital francesa, siempre tengo la misma sensación al llegar, “por fin de vuelta”. Porque hay ciudades que se habitan y otras que, como esta, se contemplan, se recorren, se dejan sentir. Y París, con su luz cambiante y sus sombras alargadas, es una ciudad que se fotografía casi por inercia.
Deambular sin rumbo por sus bulevares amplios y sus callejuelas escondidas es una forma de entenderla. París es equilibrio: orden y caos, simetría y azar. Sus fachadas haussmannianas cuentan historias de un pasado grandioso, mientras que los reflejos en los escaparates nos devuelven el presente. La ciudad se despliega en capas, y cada una de ellas es un encuadre por descubrir.
No importa si capturas los íconos que todos conocemos o si te detienes en un callejón anónimo donde la luz dibuja siluetas efímeras. Aquí, igual que otras grandes ciudades, como Nueva York o Londres, cada esquina evoca una referencia literaria, un fragmento de película, una melodía de acordeón que resuena en nuestra memoria colectiva. Es imposible no sentir que, en algún momento, la ciudad ya nos ha habitado antes de que llegáramos.
Al final, lo mejor no está en los monumentos ni en los museos. Está en lo que sucede entre ellos. En la vida que se despliega en los cafés donde los parisinos se sientan, observando a la gente pasar, mirando hacia la calle y no entre ellos; en los mercados donde los colores y texturas parecen orquestados por un pintor impresionista, en los puentes donde los atardeceres dibujan siluetas perfectas sobre el Sena. Está en perderse sin mapa, en flâner, como dicen aquí: pasear sin rumbo, simplemente para sentir la ciudad.
Las mejores fotos no son las que planeamos, sino las que nos encuentran. A veces es un reflejo en un charco, un rayo de sol colándose entre edificios o una sombra proyectada en una pared de piedra. A veces, incluso, es un instante de vulnerabilidad, como el día en el que terminé en una comisaría porque alguien decidió que mi equipo fotográfico le era más necesario que a mí. Pero París, en su ironía infinita, me dejó la cámara en las manos. Y con ella seguí fotografiando, porque esta ciudad no se captura con un solo disparo. Se descompone en fragmentos, en luces y sombras, en detalles que uno se lleva consigo como un carrete interminable de recuerdos.
Volveré. Lo sé. Porque hay ciudades que se visitan y otras que nunca terminamos de fotografiar del todo. Y París, con su je ne sais quoi, siempre deja algo pendiente en la memoria del fotógrafo. ¡Hasta la vuelta, París!








